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Nace a
finales del siglo XVI a expensas del camino de peregrinación a Guadalupe, en la
solana de la Sierra de Altamira dando vistas al valle del Guadarranque y Gualija,
punto divisorio entre las cuencas del Guadiana y el Tajo.
Situada a 600 metros de altura, describe el clásico triángulo de las poblaciones
serranas cuyo vertice más alto inicia el caserío, abriéndose en abanico a medida
que progresa la construcción, para ensancharse en la ladera más baja, donde está
la plaza y la iglesia, hacia la que convergen las calles salvando un agudo
desnivel.
Es una pedanía del Villar del Pedroso, en cuya iglesia encontramos una partida
de bautismo de 1.570, donde figura ya un vecino de La Navilla o Nava
Entresierras, que es como se la citará hasta el siglo XVIII.
Su discreta
evolución social y económica, unidas a la modernidad del asentamiento frenaron
la construcción de edificaciones a las que pudiera aplicarse el calificativo de
artístico o pintoresco que la propia localidad habría asumido, de no ser por la
enorme remodelación urbana llevada a cabo en los últimos años.
Al hilo de estas notas el lugar podría no tener mayor interés sino fuera porque
aquí la naturaleza brota entre abruptas montañas transformándose en un monumento
vivo del paisaje mediterráneo.
Prácticamente
desconocida, constituye una de las mayores reservas biológicas del continente,
con una diversidad de biotopos - turberas, sotos, bosques, roquedos, matorrales,
pedreras, pastizales, etc - a las que un milenario aislamiento ha mantenido en
unas condiciones inmejorables para que se desarrollara una densa y variada
fauna.
Es una zona muy rica restos paleontológicos, sobre todo fósiles de Trilobites,
Sanguinolites, Redonias, Arcas, Crucianas, etc, producto de las convulsiones
geológicas de la era Primaria.
El valle del
Guadarranque y el del Gualija dan nombre a las arterias que los surcan el
paisaje de Natrasierra.
El primero recorre veinte solitarios kilómetros rodeado por el verde intenso de
matorral y bosque a lo largo de los cuales uno descubre parajes como el Charco
de la Trucha, un rincón donde el agua se precipita en cascada sobre una profunda
y negra fosa en medio de un soto impenetrable, las tablas del río, protegidas
por alisares, los trampales donde raras especies de plantas se sirven de los
insectos como alimento, o los profundos precipicios del Jariguela, en las lindes
de la comarca, con la más antigua de las colonias de enebros de Extremadura.
El Gualija por el contrario está rodeado por una selva casi uniforme, un muro
infranqueable hasta las Cuevas de Vazquez en el término de Garvín, donde
comienza a abrir profundos callejones hendiendo la pizarra y la cuarcita hasta
una profundidad que permite a las heladas invernales unir las de un dia con otro
sin que conozcan la luz directa del sol.
Al llegar a la altura de la cueva del Escoberal, el rio zigzagea en meandros,
dejando a la derecha acantilados poblados de rapaces, para abrirse en el valle
de San Román y buscar el Tajo, amansándose al acercase a la fertil vega
extendida a partir del puente del Buho.
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